Poemas

LA PARTIDA

Pronto dejaremos esta casa,
las lilas que nacieron sin sembrarlas,
el tomate que plantó la abuela
cuando estuvo de visita,
y los robles viejos
de hojas pequeñitas.

Nos marcharemos -ya poco falta-,
el hogar será el inmueble solamente,
una cosa en venta,
una cosa en el mercado.

Cuartos vacíos
sin aromas sin libros sin cenas sin oficios.

El hogar será
el ladrillo del olvido.

 

 

RITUALES

Recoger botellas de vino en la mañana
y esperar en su vacío las respuestas.

Apuntar más de un verso
en las pupilas de mi gato,
el ritmo en sus pasos de pantera.

Retornar al río hijastro del deshielo,
a la tarde detrás de las lomas coloradas.

Hundir los dedos en la nieve,
perder el tacto de los días.

Voltear hacia el desierto
desempolvar al dinosaurio
dejar que sobreviva de mis huesos.

Caminar la yerba seca de los filos,
lo perdido en las orillas.

 

 

QUE LA CIUDAD TE DEVORE

Inicia el ceremonial de los pies descalzos:
restriégate los ojos,
sacude la cabeza,
busca el espejo,
luego el café.

No hace falta decir que es otro día,
las calles,
la parada del metro,
el quiosco de las mentas y el diario,
las notas de un violín desde la esquina
reclaman tu tránsito.

No te rindas,
busca los zapatos,
el maletín,
la sombrilla,
el libro que mitigue la embestida.

Concluye el rito,
la ciudad te espera
y tiene hambre.

 

 

SER DE AIRE

Torbellinos entran
y salen de esta casa-cuerpo
a cualquier hora.

Vórtices
me arrastran a otros mares.
Corrientes
colman mis alforjas de otra arena.

De vendavales se hace mi trayecto.
De tornados mi memoria.

Todos los huracanes del mundo
llevo adentro.

 

 

POETICUS

Escribo, porque no puedo pelear batallas con mis manos
y el lápiz -a veces- apunta mejor que la escopeta.

Escribo, porque el verbo escribir suena a única certeza,
y es ruta sin distancias, y es cuerpo sin virus.

Escribo, porque la hoja en blanco es un gato feral
y debo recogerlo, alimentarlo, darle guarida, amarlo.

Escribo, porque los adjetivos acechan y cuando matan,
también dan vida; porque el lugar común no me asusta
y lo que se ha dicho mil veces, igual salpica su encanto.

Escribo, porque todo en mí es un desencuentro:
los terminales se mudan,  las calles cambian de nombre,
y nunca atino estaciones, horarios o trabajos, retornos o partidas.

Escribo, porque aunque duele, no duele tanto.
Escribo, para llenar los cántaros,
limpiar los espejos,
empuñar los espacios,
caminar los laberintos.

Escribo, para no morirme de pena.
Por eso escribo…

 

 

NOSTÁLGICA

Son las seis de la tarde
y no hay nadie a quién decirle
venga para tomarnos
una taza de chocolate con rosquitas.

El portal está escrito
con los relatos del bisabuelo,
cuentos de aparecidos
que iluminaron la infancia.

Las sombras crecen
en las jorobas de la noche,
los coyotes muerden el tesón del viento.

Un tren en la distancia,
yo soy ese tren,
descendiendo  las crestas de cañones.

 

 

MÍSTER MERLOT

Inúndame de levedad.
Acuéstate, estírate, riégate.

Contigo no importa de dónde vengo, hacia dónde voy
o de las hojas secas que están hechos los huesos.

Camino en el silencio del hielo,
nada hiere, nada molesta,
nada acusa, nada quema, nada persigue.

Casi no siento mi cuerpo y me encanta.
Todo es etéreo y no arrastro
atrofias de acero.

 

 

VOCES DE AGUAS

Río parido del deshielo,
acunado en el vértice de la roca,
en la boca de la roca, en el muslo de la roca.

Río que llevas la memoria del invierno,
la saliva del oso, el salto del salmón,
la reverencia del venado.

Río que hablas en tu lenguaje de glaciares.
Yo entro en ti y mi pie se sirve de tu beso frío.

Río que pierdes tu cuerpo bajando por los pueblos,
te encarcelan, te asesinan, te consumen.

Río que ya no eres río, nunca más río,
río que ya no llegas al mar.

 

 

EL JUBILADO

Esa mañana, cuando la luz se metía
entre las bancas, a través de los álamos
en el parquecito de Santa Fe
frente a la Basílica de San Francisco,
el jubilado me dijo
que a veces uno no desea morir
-sólo a veces-.

Cuando el esqueleto se despierta sin quejas
y en la terraza el sol entiende la piel de la vejez.

Cuando el menú del día está sabroso,
la pensión llega a tiempo, completa,
y la casa no insiste en caerse a pedazos.

Cuando la memoria recuerda solamente lo bueno, lo bueno;
los hijos vienen de visita,
los nietos cuelgan de la alegría, abren la nevera
y se comen hasta la soledad.

Cuando uno reposa contento, encantado
en las tintas de un buen libro,
o en los andamios de una gran película,
y entonces no hay apuro para encontrarse con Dios.

Cuando el día está bonito, sí, bonito
y no importa si el gobierno entero se va al carajo.

Eso, me dijo el jubilado,
en el parquecito de Santa Fe
frente a la Basílica de San Francisco,
que a veces uno no desea morir
-sólo a veces-.

 

 

LA QUE SE FUE

Camina en otras calles.
Sucumbe en otra lengua.

Lejos de su casa,
escoltada por el anonimato,
con la alforja vacía de país y herencia
asiste
al velatorio del espejismo.

Entre los monumentos de la muerte
ha olvidado:
de qué savia está hecha su sangre,
de qué oficio se yerguen sus huesos.

No quiso retornar cuando pudo,
es tarde
para alcanzar las carabelas.

Lo que dejó
se lo comió el apetito de la ausencia.

Volver al mismo mar
es volver al desencuentro.

Volver al mismo mar
es volver a otro mar.